Mientras tanto, Dani ya había conseguido salir del oscuro sótano. Este albergue en el que ahora se encontraba era muchísimo más grande de lo que él pensaba; la puerta trasera no daba al exterior, sino a un largo pasillo lleno de puertas a ambos lados. Sin embargo, ya no tenía tiempo para dar marcha atrás, porque sus amigos -si es que aún lo eran- lo buscarían pronto. Solamente Pedro y él conocían la existencia de esa puerta, por lo que a pesar de ser un lugar nuevo y extraño, por el momento era seguro. Confiaba en que Pedro no les revelara nada; de hecho, cada vez entablaba más confianza con él, y no sabía muy bien por qué. Quizá porque era el único que estaba dispuesto a escucharle y lo había ayudado a escapar.
"¿Qué hago ahora?", se dijo. Decidió ir mirando puerta tras puerta; quién sabe si podía encontrar algo interesante en alguna de ellas. Así que comenzó por la primera que tenía a su izquierda, no sin antes contar cuántas había en total, para no perderse: cinco a la izquierda y cuatro a la derecha. Pudo abrirla sin problemas, aunque se dio cuenta de que no iba a servirle de mucho entrar en aquella habitación, ya que era pequeña y estaba completamente vacía. O eso le pareció al principio, debido a la oscuridad que allí reinaba. Cuando iba a darse la vuelta para probar con la siguiente, consiguió atisbar un pequeño cofre en una esquina. Intentó abrirlo, pero no podía; estaba cerrado con llave. En vez de eso, un espíritu apareció. "No, otra vez no... A ver si al menos puede ayudarme..."
- Hola -susurró Dani; no quiso hablar alto por miedo a que lo pudieran escuchar. Sin embargo, no hubo respuesta-. Hooolaaaa.
- ¿Eh? ¿Puedes verme?
- Sí, por suerte o por desgracia... -Dani ya estaba un poco harto de todo esto. Siempre era lo mismo, una y otra vez... No sabía si lo que poseía era un don o una carga-. ¿Por qué has aparecido si no sabías que te vería?
- Cada vez que alguien intenta abrir este cofre, siento una poderosa llamada que me atrae hacia aquí, y no puedo ignorarla. El cofre perteneció a mi familia durante mucho tiempo, pero yo fui el último que quedó con vida, y ya ves, ahora ni eso. Sin embargo, nunca he conseguido nada viniendo aquí. Me gustaría no sentir esa imperiosa necesidad de venir cada vez que lo tocan, pero es demasiado fuerte.
- ¿Qué hay dentro?
- Nunca lo supe. Nuestra misión era mantenerlo cerrado por siempre, a pesar de que conocíamos el paradero de la llave que puede abrirlo.
- ¿Y tuvisteis fuerza de voluntad suficiente como para no abrirlo?
- Yo, sí; mis padres fueron más curiosos, y cuando lo consiguieron abrir, murieron en el acto. Yo era pequeño y ese día no estaba con ellos, por eso no me pasó nada. Imagino que el cofre me llama porque lo supe vigilar bien, aunque creo que lo hice más por miedo a lo ocurrido que por otra cosa.
- ¿Qué ocurriría si me lo llevo?
- No lo sé... Puedes intentarlo, si quieres. La única condición es que mientras lo tengas contigo, tengo que seguirte. Lo siento, pero me atrae con demasiada fuerza.
- ¿Y si intento llamar a tus padres?
- Ellos no están ya aquí. No todos los espíritus de los que murieron continúan vagando por este mundo.
- Bueno, ya que voy a tenerte conmigo durante un tiempo, al menos dime tu nombre.
- Me llamo Sergio.
- Encantado, yo soy Dani.
Ambos salieron de la misteriosa habitación, que ahora sí estaba vacía, y Daniel cerró la puerta. Intentó entrar por la primera de su derecha, pero estaba cerrada con llave, así que probó con la segunda que tenía a la izquierda. Pudo abrirla sin problemas.
- ¿Cuánto hace que nadie te invoca?
- Ni siquiera lo recuerdo. Varios años, probablemente. Además, por raro que parezca, la última vez no fue aquí, así que no conozco nada de este lugar.
- ¿Cómo puede ser eso? Si cada vez que alguien toca el cofre has de aparecer, tuviste que ver cómo lo transportaban, ¿no?
- Hay espíritus que pueden trasladar objetos. No son muchos, pero si alguno de ellos toca mi cofre, no siento esa llamada. Once es uno de ellos. No me preguntes la razón, porque no la sé.
- ¿Once? ¿Quién es? -ya era la segunda vez que Dani escuchaba ese extraño nombre... Tenía que ser alguien importante.
Sin embargo, Sergio no tuvo tiempo siquiera de responder. En ese preciso instante apareció un espíritu más grande que todos los que había visto, aún más que el que desprendía el aura morada. Y la suya era verdosa. Además, no podía decir con claridad si era un hombre o una mujer. Sergio se inclinó rápidamente, a modo de reverencia. Dani, sin saber muy bien por qué, también lo hizo, tímidamente.
- Gran Once -susurró Sergio, asustado. Dani estaba un poco confuso.
- ¡Cómo te atreves a pronunciar mi nombre ante uno que no es de los nuestros! -bramó Once, con una voz metálica, que tampoco desvelaba qué fue antaño-. Recibirás tu castigo correspondiente... -dijo mientras se iba acercando a él.
- Yo... no... lo siento... no sabía...
- ¡Calla ya! ¡Por supuesto que lo sabías! -entonces apareció un arma en la mano de Once, algo que Dani nunca había visto. No parecía consistente en absoluto, y tenía la forma de una espada sin mango, simplemente una hoja en forma de media luna. Con ella, Once atravesó el cuerpo de Sergio, y este se desvaneció entre lágrimas, que desapareciercon con él, al igual que el cofre, como si nunca hubiesen existido.
Dani estaba cada vez más asustado. Presentía que el próximo iba a ser él, aunque... ¿acaso sería capaz de matarlo una hoja hecha de la materia de los espíritus?
- Contigo todavía no puedo hacer nada. Por el momento -parecía que hubiera adivinado su pensamiento-. Este estúpido fantasma me ha arruinado mi plan... Pero no pasa nada. Siempre queda otra alternativa.
Dani no era capaz de articular palabra. Y aún menos cuando, después de que Once pronunciara unas palabras en un extraño idioma, el cadáver de Nadia apareció entre los dos. El joven intentó escapar corriendo, pero Once fue más rápido y cerró la puerta de la habitación.
- ¡Ja! Tú no podrás abrirla, pero tus queridos amigos sí. Entonces te encontrarán con el cuerpo de la chica... ¡Este plan dará resultado, sí! -y se fue igual que había venido.
Al momento apareció otro espíritu, y cuál fue su sorpresa al ver a quien menos esperaba encontrarse.
- ¡Nadia!
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