- Antes de que me digas nada, quiero que tengas en cuenta lo siguiente: nos ve en todo momento.
- ¿Nos ve? ¿Quién nos ve? Ah, de acuerdo -dijo Dani, comprendiendo que Nadia se refería a Once.
- No tiene poder sobre mí aún.
- ¿Y eso por qué? -pensando que era una gran ventaja.
- Todos ellos han sido engañados ya. Ella tiene un gran poder, seguramente acabará descubriendo cómo vencerme.
- ¿Vencerte? ¿De qué hablas? ¡He visto cómo destruía a un... a Sergio de un golpe! ¿Me estás diciendo que tú habrías sobre... vivido? -preguntó Dani, consciente de lo raro que sonaba hablar de sobrevivir a alguien que ya está muerto.
- No funciona así, pero ahora no tengo tiempo de explicártelo. Hay cosas que urgen más. Supongo que eres consciente del problema que supone que mi cuerpo esté aquí tumbado inerte, tú estés encerrado en esta misma habitación sin salida, y todos estén buscándote.
- ¿Hay alguna manera de escapar?
- Varias. Cada cual más complicada. Mira por la cerradura, rápido.
Dani obedeció sin hacer preguntas. Fue corriendo y acercó el ojo. Era una cerradura antigua, muy antigua. La llave debía ser grande, como la de los castillos medievales. El agujero era gigante, por lo que se veía...
- ¡La llave está puesta! Pero por fuera... -musitó derrotado- Podría empujarla, con una especie de clavo pero caería al otro lado y ya no habría nada que hacer, como mucho intentar que les cueste más encontrarla.
- Exacto -susurró Nadia-. De ahí que ella te haya dicho que el resto podrá entrar pero tú no. Mira ahí, en el suelo, lo que tienes -Nadia señalaba a unos metros de él.
- ¿Unos periódicos viejos, unas telarañas, clavos viejos y oxidados? -Dani fue corriendo, cogió el periódico y lo miró extrañado.
- No te interesa lo que pone. Comprueba el espacio entre el suelo y la puerta.
Y eso hizo. Era relativamente grande. Quizá había casi dos centímetros entre la base de la puerta y el suelo.
- ¿Qué se supone que...?
- Rápido, conecta ideas. No puedo ayudarte más. Ella está al acecho.
- ¿Pero no has dicho que ella no...? ¿Nadia?
Ya no estaba. Cogió el periódico, miró la rendija de nuevo. Lo único que se le ocurrió fue poner el periódico en el espacio entre la puerta y el suelo. Lo arrastró un poco por ahí, sintiéndose tremendamente tonto. De repente se iluminó: ¡la llave, con los clavos! Dejó una sola hoja de periódico, media parte fuera de la habitación y media dentro. Fue por un clavo oxidado y empujó la llave hacia afuera. Ésta cayó sobre el periódico. Dani estiró el periódico para sí, junto con la llave, consiguiéndola por fin. Impresionado de su propio ingenio, puso la llave y abrió la puerta. Pero entonces...
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