- Bueno, no creo que hagan muchas preguntas acerca de la cicatriz...
- ¿Qué? ¿Y lo del acantilado tampoco? ¡Supongo que estás de broma!
- Bueno... estoy segura de que si les decimos lo de mi padre se lo van a creer.
Seguían volviendo hacia la casa y Dani se sentía angustiado. Estaba seguro de que se iban a hartar a preguntas y ellos no tenían respuestas que darles. Cuando entraron estaba ya preparada la comida y casi todo el mundo estaba ya en la mesa.
Para sorpresa de Dani, nadie hizo ni una sola pregunta acerca de ese tema. "No puede ser", pensó. También notó algo. Sus compañeros parecían raros, casi como si estuvieran actuando en una película. Hablaban de cosas fútiles, de la playa, de la partida de cartas... Pero ni pío sobre Nadia y su misterioso accidente.
Pedro había servido ya el arroz en todos los platos y Dani, extrañado, se sentó a la mesa.
- Emmm... Ahí va Manu. Es que le gusta estar al lado de la ventana...
- Ah, no lo sabía.
Cuando fue a sentarse en la silla de la izquierda, Pedro le dijo:
- Ésta es la tuya, Dani -murmuró, señalando el plato de la derecha.
- Vaya, no sabía que teníamos cada uno nuestro terrenito -bromeó Dani sonriendo. Sin embargo, de reojo vio que sus amigos se dirigían algunas miradas tensas. Definitivamente ahí pasaba algo raro.- ¿Qué pasa?
- Nada, nada -se apresuró a contestar Pedro, sonriendo. Aunque era una sonrisa muy forzada. Más bien parecía una mueca.
Dani se sentó en el sitio indicado pensando que todo era muy extraño. Durante la comida casi nadie habló mucho. Por supuesto, no hubo ni una pregunta acerca de Nadia, y a Dani le parecía que sus compañeros le mandaban miradas raras, como si temieran que se fuera a levantar de pronto y cometer alguna locura. Cuando acabó con su arroz, se levantó y les dijo que se iba un rato a la habitación. Se sentía como observado. Antes pasó por la cocina para llevar el plato y al dejarlo, se fijó en una cajita de color blanco y morado. Era de medicamentos.
- ¿A quién le duele la cabeza? -bromeó en voz alta.
- ¿Qué?
- Deoxtri... ni... Deoxtrinina -leyó Dani en voz alta.
De pronto apareció Pedro, que había venido corriendo a la cocina, y le cogió el medicamento con un gesto brusco.
- Nada, es mío, es para... -ni siquiera acabó la frase. Se dirigió de nuevo al comedor, con la nuca colorada. "¿Para qué será ese medicamento?", pensó Dani.
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