Dani no entendió nada, había un ambiente muy extraño en su grupo de amigos. Se dirigió a su habitación a reflexionar sobre lo sucedido, se echó en la cama y se puso a pensar. La luna ese día iluminaba la habitación, su luz penetraba por las ventanas y no hacía falta tener la luz encendida para poder percibir del todo la habitación, ya que al ojo humano se le hacía fácil con tanta claridad. Dani observaba un reloj de cuco que colgaba en la pared. Por cada segundo que avanzaba la aguja de los segundos, por la cabeza de Dani pasaba un efímero pensamiento misterioso, negro y confuso que le hacia entrar en un estado de incertidumbre mental. Todo lo que estaba sucediendo había ocurrido rápidamente y recientemente. Dani cerró los ojos, tratando de despejar su mente, y acabó durmiendo con un cojín por encima de sus ojos para que la virgen claridad de la luna no atravesara su piel, reflejándose en sus ojos y haciéndole despertar de un sueño inducido por Deoxtrinina. Así era, sus amigos habían pretendido algo, que él aún no conocía, pero no iba a tardar en hacerlo...
Un nuevo día deja atrás una calurosa noche, el sol se asoma por el horizonte del mar, reflejando en él una multitud de colores de un cálido tono veraniego. El cielo está azul, pero en la vida de Dani está arrasando una tormenta de cielo anegado y gris.
"¿Donde estoy?", pensó Dani.
Estaba en su cama del albergue, pero todo era diferente. Detrás de las ventanas no había un paisaje, una blanca e impoluta claridad sin ningún tipo de detalle arrasaba en el exterior.
- ¿Hola, hay alguien ahí? -gritó.
Salió a las afueras del albergue, a sus jardines que ya no existían, que se habían esfumado por arte de magia siendo sustituidos por la nada. Dani miró hacia arriba. El cielo estaba plagado de nubes que formaban perfectas formas surreales, parecía todo un cuadro de Salvador Dalí. No había nada en el horizonte. Nada... ¡Sí, había algo! era una puerta, una puerta familiar. La de su casa. Sumergido en sus pensamientos, se dio cuenta de que estaba ahí, dentro de él, de su mente, de sus sueños, de su vida, en ese lugar, idílico y perfecto, ¿estaba muerto?, ¿o simplemente estaba haciendo una travesía hacia el inframundo, ese lugar que sirve como trance para aquellos que están entre las dos dimensiones, entre la luz y la oscuridad, entre la claridad y la penumbra, en la, deseada, vida, o, en su defecto, en la temida, odiada, respetada pero evitada, muerte?
Lamentablemente esas pastillas para el dolor de cabeza habían yacido en su arroz, lo que significaba su ingesta y por lo tanto su potencial efecto para el cuerpo humano, en abundancia, de sobredosis, podían decidir si Dani, Daniel para su madre, seguiría en el mundo de los cuerdos.
Cogió aire y cruzó la puerta, azul y vieja. Pero entonces, se dio cuenta del error que cometió.
domingo, 21 de agosto de 2011
sábado, 13 de agosto de 2011
Capítulo 8
- Bueno, no creo que hagan muchas preguntas acerca de la cicatriz...
- ¿Qué? ¿Y lo del acantilado tampoco? ¡Supongo que estás de broma!
- Bueno... estoy segura de que si les decimos lo de mi padre se lo van a creer.
Seguían volviendo hacia la casa y Dani se sentía angustiado. Estaba seguro de que se iban a hartar a preguntas y ellos no tenían respuestas que darles. Cuando entraron estaba ya preparada la comida y casi todo el mundo estaba ya en la mesa.
Para sorpresa de Dani, nadie hizo ni una sola pregunta acerca de ese tema. "No puede ser", pensó. También notó algo. Sus compañeros parecían raros, casi como si estuvieran actuando en una película. Hablaban de cosas fútiles, de la playa, de la partida de cartas... Pero ni pío sobre Nadia y su misterioso accidente.
Pedro había servido ya el arroz en todos los platos y Dani, extrañado, se sentó a la mesa.
- Emmm... Ahí va Manu. Es que le gusta estar al lado de la ventana...
- Ah, no lo sabía.
Cuando fue a sentarse en la silla de la izquierda, Pedro le dijo:
- Ésta es la tuya, Dani -murmuró, señalando el plato de la derecha.
- Vaya, no sabía que teníamos cada uno nuestro terrenito -bromeó Dani sonriendo. Sin embargo, de reojo vio que sus amigos se dirigían algunas miradas tensas. Definitivamente ahí pasaba algo raro.- ¿Qué pasa?
- Nada, nada -se apresuró a contestar Pedro, sonriendo. Aunque era una sonrisa muy forzada. Más bien parecía una mueca.
Dani se sentó en el sitio indicado pensando que todo era muy extraño. Durante la comida casi nadie habló mucho. Por supuesto, no hubo ni una pregunta acerca de Nadia, y a Dani le parecía que sus compañeros le mandaban miradas raras, como si temieran que se fuera a levantar de pronto y cometer alguna locura. Cuando acabó con su arroz, se levantó y les dijo que se iba un rato a la habitación. Se sentía como observado. Antes pasó por la cocina para llevar el plato y al dejarlo, se fijó en una cajita de color blanco y morado. Era de medicamentos.
- ¿A quién le duele la cabeza? -bromeó en voz alta.
- ¿Qué?
- Deoxtri... ni... Deoxtrinina -leyó Dani en voz alta.
De pronto apareció Pedro, que había venido corriendo a la cocina, y le cogió el medicamento con un gesto brusco.
- Nada, es mío, es para... -ni siquiera acabó la frase. Se dirigió de nuevo al comedor, con la nuca colorada. "¿Para qué será ese medicamento?", pensó Dani.
- ¿Qué? ¿Y lo del acantilado tampoco? ¡Supongo que estás de broma!
- Bueno... estoy segura de que si les decimos lo de mi padre se lo van a creer.
Seguían volviendo hacia la casa y Dani se sentía angustiado. Estaba seguro de que se iban a hartar a preguntas y ellos no tenían respuestas que darles. Cuando entraron estaba ya preparada la comida y casi todo el mundo estaba ya en la mesa.
Para sorpresa de Dani, nadie hizo ni una sola pregunta acerca de ese tema. "No puede ser", pensó. También notó algo. Sus compañeros parecían raros, casi como si estuvieran actuando en una película. Hablaban de cosas fútiles, de la playa, de la partida de cartas... Pero ni pío sobre Nadia y su misterioso accidente.
Pedro había servido ya el arroz en todos los platos y Dani, extrañado, se sentó a la mesa.
- Emmm... Ahí va Manu. Es que le gusta estar al lado de la ventana...
- Ah, no lo sabía.
Cuando fue a sentarse en la silla de la izquierda, Pedro le dijo:
- Ésta es la tuya, Dani -murmuró, señalando el plato de la derecha.
- Vaya, no sabía que teníamos cada uno nuestro terrenito -bromeó Dani sonriendo. Sin embargo, de reojo vio que sus amigos se dirigían algunas miradas tensas. Definitivamente ahí pasaba algo raro.- ¿Qué pasa?
- Nada, nada -se apresuró a contestar Pedro, sonriendo. Aunque era una sonrisa muy forzada. Más bien parecía una mueca.
Dani se sentó en el sitio indicado pensando que todo era muy extraño. Durante la comida casi nadie habló mucho. Por supuesto, no hubo ni una pregunta acerca de Nadia, y a Dani le parecía que sus compañeros le mandaban miradas raras, como si temieran que se fuera a levantar de pronto y cometer alguna locura. Cuando acabó con su arroz, se levantó y les dijo que se iba un rato a la habitación. Se sentía como observado. Antes pasó por la cocina para llevar el plato y al dejarlo, se fijó en una cajita de color blanco y morado. Era de medicamentos.
- ¿A quién le duele la cabeza? -bromeó en voz alta.
- ¿Qué?
- Deoxtri... ni... Deoxtrinina -leyó Dani en voz alta.
De pronto apareció Pedro, que había venido corriendo a la cocina, y le cogió el medicamento con un gesto brusco.
- Nada, es mío, es para... -ni siquiera acabó la frase. Se dirigió de nuevo al comedor, con la nuca colorada. "¿Para qué será ese medicamento?", pensó Dani.
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